Tengo un viejo amigo homosexual que sabe cómo pienso sobre la homosexualidad y todo lo relacionado y que -ni por asomo- se le ocurriría llegar a la mesa de un restaurante donde almuerzo con mi padre y sus nietos para presentarme a su novio. Son cosas de sentido común, de respeto, prudencia y discreción básicas, no es así?
Pues bien, por eso los homosexuales y lesbianas de mi país me caen mal, me caen pésimo y no digo todos, solo los que se han dado a la tarea de seguir la consigna de provocar en sitios públicos casos de “homofobia” como les ha dado por llamarlos.
La semana pasada Natalia Solórzano publicó en facebook una nota que luego el sitio AmeliaRueda.com publicó como noticia en la que describe una situación a la que accedió formar parte y que tuvo como desenlace el que el administrador de un restaurante josefino expulsara del lugar a una pareja de sus amigos homosexuales, de los cuales, uno de ellos está considerando presentar acciones legales contra los dueños del establecimiento.
Desde meses atrás, una señorita lesbiana, propietaria de un blog llamado Club Sodoma y que tiene como nick Lauren Latifa, se hizo seguidora de mis blogs. Fue precisamente en su blog donde leí que con su pareja fue a un bar para probar la “homofobia” del sitio; por lo que, habiéndose asegurado que el vigilante las observaba empezaron a besarse, lo que resultó en lo que se esperaba: una reacción del vigilante favorable a su causa.
Recientemente, Divian Brenes, otra persona homosexual, admitió en correo privado que conservo que los del Beso Diverso, grupo al que pertenece Latifa tiene como consigna suscitar estas situaciones en lugares públicos que ellos previamente han catalogado como “homofóbicos” para luego llenarse la boca llamando de esa forma a los propietarios y a cualquiera que se oponga a sus intenciones hasta el punto de estar dispuestos a llevarles ante la justicia.
Doña Amelia Rueda, periodista nacional, de quien estoy segura que de no ser porque la homosexualidad suscita polémica no mencionaría el tema, publica una y otra vez noticias relacionadas llamando a sus seguidores a la famosa “tolerancia” a favor de las “minorías” homosexuales que tienen derecho al “amor”.
Es fácil, reuniendo los hechos, darse cuenta de que el respeto de parte de los homosexuales por la libertad de las personas heterosexuales es nulo y que no existe ni capacidad ni voluntad para luchar por lo que consideran justo de manera diferente.
Ahora bien, queridos ticos, esto nos plantea ante una realidad que no nos gusta y es cuando entonces les pregunto: qué piensan hacer con ella?
Porque no se trata, queridos ticos, de negarse a que estas imposiciones del lobby LGBT lleguemos “alguna vez” a padecerlas en nuestro país, es que ya las tenemos entre nosotros.
Por lo mismo, cuál será nuestra reacción ante esta realidad que nos provoca es lo que tendremos que dilucidar en estrecha relación con Cristo.
Porque no se trata de nada más rehusarse ante lo que es un hecho o indignarse ante lo que nos descoloca, se trata de construir aquello que nos permita nunca perder de vista la meta a la que hemos sido convocados.
Cada uno tendrá que permanecer estrechamente vinculado a Cristo para que pueda brotar de ese vínculo la reacción justa en el momento oportuno.
Porque fíjense nada más, ticos queridos, tenemos que ir pensando cuál será nuestra reacción para cuando estemos en Rosti-pollos un domingo con los abuelitos y sus nietos y lleguen a sentarse a nuestro lado dos parejas de personas homosexuales riéndose y celebrando porque vienen del Estadio.
Cuál será nuestra reacción como católicos? Seremos capaces de llamar a las cosas por su nombre? Qué haremos? Les echaremos un discurso teológico? Nos iremos con abuelitos y todo del restaurante?. Les hablaremos para pedirles que se vayan? Les pediremos que no se besen ni abracen? Cuál tendría que ser la reacción de uno para quien Cristo es tan real y está tan presente como cualquier miembro de la familia?
Nos caigan todo lo mal que nos caen estas personas (y no por ser homosexuales y lesbianas, sino por el desorden que provocan sus juicios desacertados), ellas son un medio invaluable que debería contribuir para confirmarnos en que nuestra felicidad no depende del esfuerzo que pongamos en luchas o servidumbre a nuestros dioses particulares sino de la pasión con la vivimos tras el destino que vislumbramos y del cual Cristo es origen, camino y meta.




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